domingo, 30 de abril de 2017

Hoy, hace cien años, murió un hombre...

Hoy hace 100 años que murió alguien del que nunca habéis oído hablar. No fue nadie, y al tiempo fue todos. Esta es su historia.

Alguien dijo, con otras y mejores palabras, que una vida no termina hasta que se borran los últimos restos de su memoria. Pero… ¿Y si de tu memoria sólo queda un cartel oxidado, clavado en una cruz rota, cubierta por un casco, sobre una tumba vacía y perdida?

Hace unos años, un noviembre, miraba una galería de fotos , en recuerdo al final de la primera guerra mundial.

Fue al ver una de las fotografías cuando, de repente, algo me golpeó en la mente. Y desde entonces me persigue su recuerdo. Esta es la imagen.



Cabo Edouard Marius Ivaldi ,de Pavillons Sous Bois, cerca de París. Muerto por la Francia, no se sabe cómo ni a manos de quien. Ni tampoco importa.

No podía dejar de pensar en la foto. Estuvo días dando vueltas en mi cabeza. La tenía en el escritorio del ordenador. De cuando en cuando la miraba. Parecía querer hablarme. Por fin, un año después, conseguí liberar algo de lo que me había provocado. Como casi siempre, escribiendo. Esto.

Durante unos años los sentimientos se acallaron, aunque nunca terminé de olvidar la foto. Hasta que hace unos meses, a principios de este año, por pura casualidad, nos volvimos a ver. Y fue entonces cuando me di cuenta de la fecha. 30 de abril de 1917.Faltaban apenas unos meses para que se cumpliera el centenario de su muerte.

Si creyera en ellas, hubiera dicho que fue una señal. Digamos que más bien, me marcó una obligación. Con su memoria y mi conciencia.

Y me puse a investigar. Buscando información en cualquier rincón de internet. Atando cabos, haciendo conjeturas, dibujando un contexto. Lo que sigue a continuación es una especie de reconstrucción de los hechos que rodearon su muerte, lo más aproximada posible a la realidad.
Y comenzamos.

Tenía una fotografía. En ella, un cartel con un nombre y una fecha. La de su muerte. Y desde ahí, un mundo por descubrir.

Abril de 1917. La primera guerra mundial, la Gran Guerra, se va acercando a su tercer año. Francia está invadida en parte por el ejército alemán, que llegó a estar a las puertas de París. El general Nivelle, comandante en jefe del ejército francés, decide entonces iniciar una granofensiva para romper el frente alemán.

casi 900 mil hombres, 7000 cañones y 128 tanques iban a ser usados en un ataque coordinado entre los británicos, al norte y los franceses, más al sur. Frente a ellos, casi medio millón de alemanes, kilómetros de trincheras y miles de ametralladoras. Pero los mandos aliados eran optimistas.

Demasiado.

En el medio siglo anterior el armamento y su capacidad destructiva había avanzado mucho más rápido que las tácticas. Los fusiles disparaban con más celeridad, los cañones tenían más potencia, había gases asfixiantes, ametralladoras, aviones, tanques…pero los hombres seguían teniendo la misma piel. Y millones habían pagado ya con su vida la insensata ceguera del alto mando, que insistía en lanzar oleada tras oleada de juventud contra las inhumanas balas.

El ataque comenzó con un espeluznante bombardeo artillero contra las defensas alemanas.  Tras el mismo, llegó el primero de muchos asaltos. Era el 16 de abril de 1917.Según las optimistas previsiones del estado mayor francés las bajas totales de la ofensiva, serían 10.000 hombres.

Sólo el primer día, fueron 40000.
Entre el 16 de abril y el 9 de mayo, los aliados tuvieron casi 350.000 bajas. Para avanzar 4 kilómetros.
La ofensiva terminó siendo detenida. No se había roto el frente, la moral se había hundido, estallaban motines por doquier. El fracaso supuso la destitución de Nivelle y la llegada de Petain, que logró recuperar la moral. Pero no nos hemos olvidado de Ivaldi.

Como ataque complementario a la gran ofensiva, se lanzó uno secundario en las colinas de la Champagne, Unos kilómetros al este de Reims. El objetivo del ataque era negar a los alemanes los puestos de observación sobre la llanura. Pero imaginad el terreno, el campo de batalla. Cuesta arriba, plagado de cráteres de bombas, trincheras, alambre de espino. Y la muerte aguardando al final. La distancia entre las trincheras rivales iba de 500 metros a apenas 50. 50 metros, un tiro de piedra. Ni un suspiro, para una bala. Si uno quiere saber que es el infierno, le bastaría pensar en lo que fue combatir allí en esos días. Y seguramente, nos quedaríamos cortos.


Siete montes componen el macizo de Moronvilliers, que se eleva sobre la llanura de Chalons. Sus nombres se escribieron entonces con sangre. 

Son el mont Cornillet (209 m., el mont Blond (221 m.),el Mont-Haut (257 m.), el mont Perthois,le Casque (242 m.),le Téton (232 m.) y el Mont-sans-Nom (220 m.)

De Moronvilliers, el pueblecito que da nombre a la cordillera, no queda hoy nada, fue arrasado hasta los cimientos. Paradójicamente, uno de los escasísimos restos en pie es el monumento a los caídos en la guerra…
La batalla comenzó el 17 de abril. Entre el 17 y el 20 se desarrollaron feroces combates, que permitieron avanzar a los franceses…2´4 kilómetros.

 Tras una pausa, el 30 de abril se reanudó la ofensiva, en busca de lograr ocupar las alturas, la cresta del Macizo.
La ofensiva terminó, por agotamiento de los atacantes, unos días después. Los franceses habían tenido 22000 bajas. Pero habían logrado tomar la cresta. Los alemanes ya no dominaban la llanura. 16 veces contraatacaron (incluido alguna con gases), pero no lograron nunca retomar a sus posiciones.

Ni tampoco Ivaldi. Había caído, para no volver a levantarse, el 30 de abril, en las laderas de monte Le Casque.

Y ahora, hagamos una pausa. Os pido que os lo imaginéis. Pensad en como creéis que era. Porque vais a verlo.  Creo que es hora de que le conozcáis. Aquí lo tenéis (es el señalado por la X) junto a sus compañeros.

Ahora ya no es un simple nombre sin rostro…ni nunca lo volverá a ser.
Jamás se encontró su cuerpo. O tal vez sí, pero nadie lo identificó. Como le pasó, según cuentan algunos historiadores, a la mitad de los caídos en la gran guerra.
un once del once (el Dia de San Martín), a las once, dejaban de sonar los proyectiles, tras cuatro años. El mundo pareció por un momento haberse quedado sordo, tan acostumbrado estaba al continuo ruido de la muerte.

En 1919, Jean Joseph Ivaldi, padre de Edouard, buscó el sitio donde cayó, y colocó allí una placa y parte de su equipo personal, sobre una cruz. Es esa la imagen que inició este hilo. Pero aquello sólo es el recordatorio del lugar donde falleció. Allí no reposo el cuerpo de nuestro protagonista.
En 1924, Jean Joseph colocó otra placa en donde seguramente sí que descansan sus restos, anónimamente, mezclados junto a los de miles de compañeros.

 Se trata del Osario de Navarino, monumento a las caídos en la batalla de las colinas, y lugar de reposo de 10.000 de ellos.
Y así Ivaldi se perdió en la historia, junto a millones de compañeros de ambos bandos. Y su “tumba”, que no lo es, con él.
Pero lo curioso es que aún existe.  La tumba de la fotografía, está en un lugar desconocido. Que siga intacta, es un misterio.
Aquí es donde nos puede ayudar la cartografía. Lo que voy a poner ahora es mera elucubración personal, ojo…pero no creo equivocarme. En un foro francés encontré una referencia a que la tumba se encontraba dentro de un terreno militar, vetado a visitantes. Lógico.
En la zona hay dos grandes complejos de este tipo, en pocos kilómetros, El campo de Suisses y el polígono de experimentación nuclear de Moronvilliers, situado donde se encontraba el antiguo pueblo.
Mis sospechas iban más bien dirigidas a este último, y los mapas creo que lo confirman. Hice un montaje (poco vistoso, pero útil), entre el mapa de 1917 e imágenes actuales, colocando los nombres que se repiten en ambos. Y aquí tenéis el resultado.

Y queda claro que, casi sin lugar a duda, el lugar donde cayó Ivaldi está dentro del recinto de experimentos nucleares. No deja de resultar paradójico que haya sido eso lo que haya protegido de los vándalos ese postrero recuerdo a un soldado muerto, la experimentación atómica.
Pero, aunque el recinto ya no está en uso, espero que siga protegiendo durante mucho tiempo su memoria…aunque sea por miedo a la radiación.
Hasta aquí la historia de cómo cayó y donde creo que se encuentra la cruz. Pero queda una última cosa que he descubierto. Y es que la tragedia no acabó allí, ni entonces.

 En el municipio donde nació, como en todo pueblo francés, se alza un memorial con los nombres de los caídos. Edouard nació en Les Pavillons-sous-Bois (localidad que está hermanada con Écija, la tierra natal de mi familia. ¿Otra señal?),cerca de París.
Y allí, junto a su nombre y el de otros 441 caídos en las guerras del siglo XX(en una ciudad de 20.000 habitantes, pensad lo que implica) hay otro Ivaldi. Un J.Ivaldi
Ese otro Ivaldi no falleció en la primera, sino en la segunda guerra mundial. En 1940. Me pregunté...¿Serían familiares? y entonces...encontré otra tumba.

Es la tumba familiar. Están los padres de Edouard...y su hermano Julien. Fijaos en la fecha de su muerte, 1940.. Si, el otro Ivaldi era familiar de Edouard, era su hermano menor.
Y ahora mirad cuando falleció su padre, en 1942.

El padre enterró a dos de sus hijos, uno en cada guerra, antes de morir. Son esas tragedias que no vemos cuando reducimos todo a números. Familias destrozadas, vidas truncadas, mil historias cerradas, de golpe. Y de todo apenas queda nada hoy, sólo unos nombres sobre metal o piedra.
Por eso son necesarias estás historias, para que entendamos, cuando se hable de que en tal o cual batalla hubo “2000 bajas”, lo que hay detrás. Dos mil historias escribieron su último renglón, miles de futuros se perdieron en la eternidad. Sólo queda el silencio y las lágrimas.
Uno de ellos, Ivaldi. Nadie viene ya a poner flores sobre su tumba, solo la primavera. Pero ahora ya está dentro de vosotros. Ya no morirá más.

Hasta aquí el viaje que hemos realizado juntos. He intentado devolver en lo posible la memoria de Ivaldi y su familia, de los hechos que rodearon su pérdida, de lo que pasó tras su muerte. He rebuscado en cada lugar de internet que pude. Y fue una búsqueda apasionante, por ese sentimiento de descubrimiento, pero dolorosa, porque todo a su alrededor estaba impregnado de tristeza y muerte. Pero así fueron aquellos tiempos. No todas las historias tienen final feliz. En realidad, ninguna, sólo que unos finales tardan más en llegar que otros.
Pero como dije antes, si dejamos que los muertos y sus nombres sean sólo números, habremos perdido. Esto ha sido, posiblemente, una de las cosas que más me costó escribir en la vida. Pero tenía que hacerlo. Por él, por mí, por ellos,por todos esos millones de seres humanos, en su mayoría jovencísimos, que perdieron la vida en esa picadora de carne humana a escala planetaria que fue la gran guerra.

Ivaldi, ya he pagado mi deuda, me considero liberado. Y tú, amigo, descansa en paz. Y que tu memoria perdure otros cien años…

FIN

Viene ahora el apéndice documental, con los artículos y páginas de internet que he visitado en mi búsqueda, por si queréis ampliar la información. Mucho artículos están en francés, idioma que no conozco, así que he tenido que tirar de traductor...con lo cual seguro que debo haber tenido más de un fallo de comprensión. Os pido que me perdonéis por ellos.

"Bibliografía"
1- Artículo sobre el centro de experimentación nuclear.
2- La galería de fotos que comenzó todo.
3-Foro francés donde encontré la referencia del lugar de la tumba.
4-artículo sobre la conquista del macizo de Moronvilliers.
5- artículo de la wikipedia sobre la ofensiva de abril.(en castellano)
6-el mismo artículo, en inglés.
7-otro artículo en castellano sobre la batalla.
8-biografía del general Nivelle.
9-artículo de la wikipedia sobre Morovilliers.
10-página francesa sobre los caídos en la guerra, en este caso los que aparecen en el memorial de les pavillons sous Bois, localidad natal de Edouard Ivaldi.
11- ficha de Edouard Ivaldi en esa página.
12-osario de navarino, página oficial.
13-galería fotográfica interesantisima sobre Ivaldi y la zona donde cayó.
14- monumento a los caídos en Moronvilliers.
15-página web, nostálgica, sobre Moronvilliers, con fotos antiguas.
16- artículo sobre la batalla, de un general de la época.
17-artículo de la wikipedia sobre la batalla de las colinas.
18- información sobre el apellido Ivaldi.
19-Más información sobre el mismo y donde es más frecuente.
20- plano genial sobre la batalla.


Ahora os dejo lo que escribí hace unos años sobre la fotografía, antes de saber todo esto...

Algunos dicen que una vida no termina hasta que se borran  los últimos restos de su memoria. Es como la humedad que queda en la tierra tras la lluvia, todo lo que fueron tus actos empapan el mundo que te rodea, y permanecen allí, como recuerdo a lo que fuiste, aun cuando tu cuerpo se desvaneció largo tiempo atrás.

Pero… ¿Y si de tu memoria solo queda un cartel oxidado, clavado en una cruz rota, sobre una tumba perdida? ¿Un nombre y una fecha pueden atarte aún al mundo, o solo son una especie de ticket de salida?

“Aquí yace Edouard Ivaldi…”, cabo, muerto en Dios sabe que gloriosa ofensiva (o tal vez en alguna fiera defensa), en honor a la patria, al ejercito, o a este solitario y embarrado rincón donde quedó su cuerpo.

Durante unos días este miserable solar, donde nada crece demasiado ni nadie reclamó nunca, se convirtió en el centro de todos los partes de guerra. Día a día se hablaba de ganar cien metros, de tomar la cota 130 y del heroísmo de nuestro ejército. Cada una de esas frases estaba escrita con la sangre de un soldado, de un batallón, de un regimiento. 

Y cuando la batalla y la guerra trasladó su voluble atención unos kilómetros más allá, las piedras continuaron su eterno descanso, ahora con la compañía de unos miles de jóvenes huesos.

En sus castillos de la retaguardia, los generales escribirían en las órdenes del día que los objetivos habían sido alcanzados. Se había logrado elevar un muro contra el enemigo.

Había sido alzado con los cadáveres de cientos de soldados. Uno de ellos (ahora poco más que una especie de metafórico ladrillo humano) era el de Edouard.

Supongo que alguien le lloró entonces. En su casa, en alguna perdida aldea de la Isla de Francia, una carta timbrada con un sello oficial sería entregada de manos de algún adusto oficial, y unos padres desconsolados (y analfabetos) pedirían al portador de la misiva que les leyera el epitafio de una vida.

Sobre la chimenea una fotografía iría descoloriéndose, mientras las flores se marchitaban a su alrededor. La hija de los vecinos lloraría en silencio durante unos meses, para terminar casándose, tiempo después, con el hijo del panadero…

El bosque  creció sobre el campo de batalla. La sangre de los muertos regó sus raíces que cubrieron como una mortaja verde los despojos de la guerra. De cuando en cuando una mina convertía a un corzo en charcutería instantánea, pero poco más turbaba el descanso del  guerrero.

Edouard no fue un Héroe. Según contaba su esquela murió cumpliendo su deber…O tal vez es que, simplemente, su deber era morir.

Cien hombres más murieron allí el mismo dia. Nadie los recuerda hoy. Había obreros, dependientes, muchos campesinos y hasta algún escritor maldito. Las balas que los mataron no hicieron distingos. Nunca lo hacen. No son jueces, solo verdugos. No distinguen al malvado del bondadoso, al viejo del joven. Cien gramos de metal, una capsula de muerte de las que se facturaban millones en unas horas aquellos días, bastaban para acabar con 30 años de existencia y quien sabe cuántos mas de futuro.15 céntimos, el precio de un cartucho, eso es lo que valía entonces una vida humana.

En su lapida ponía muerto por la Francia, como hubiera podido decir Inglaterra o Alemania. Nadie muere por un nombre, sino por una bala. Como mucho puede matarte una idea, puesta en la cabeza de otro.

La guerra es un odio colectivo. Un asesino es generalmente un ser despiadado, un monstruo con forma humana. Pero durante una guerra, un ser humano, que en otras circunstancia jamás habría levantado la mano contra ti, te disparará solo por el uniforme que portas…y sobre todo porque si él no dispara antes probablemente pasará a ser el protagonista del funeral.

Esos días dos mil historias escribieron su último renglón, miles de futuros se borraron de su invisible muro.

Edouard  Murió por nada, como muere casi todo el mundo. Nadie viene a poner flores sobre su tumba, solo la primavera. Tal vez fue amado, o puede que en realidad se tratara de un miserable. Hoy nada de eso importa a nadie, solo al bosque. Dentro de unos años la cruz, podrida, se quebrara. Sus restos se perderán bajo dos o tres otoños y alguna helada invernal. Y entonces, Edouard  Ivaldi dejara de haber existido. Y con el aquel que lo mató, sin saber jamás quien fue aquel pequeño enemigo al que abatió.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Cuarenta


Cuando era niño, recuerdo que ansiaba ser mayor. Para saber de todo. Creía que los adultos tenían el secreto del conocimiento, que si te mandaban y te decían que tenías que hacer era porque ellos no tenían dudas ya. Crecer era en suma, en mi pensamiento, estar lleno de seguridades.

Con el tiempo te vas dando cuenta de que nada de eso es cierto. Pasan los años y no bajó aún el espíritu santo a revelarte la verdad sobre las cosas. Y sabes que ya nunca lo hará. Te diste cuenta de que tu eres ahora uno de  esos adultos que te decían que hacer. Y que en realidad no sabes que hacer. Y a poco que sigas el hilo de tu pensamiento, comprendes que ellos, en su momento, tampoco lo sabían.

 No, lo importante no era saber, sino parecer que sabían. Y que no se notaran las dudas. Ese “Porque yo lo digo” tras uno de esos insistentes “¿Y por qué?” infantiles era en realidad  un reconocimiento de una derrota. Habías ganado, pero tú por entonces pensabas que habías perdido.

Si cuando uno es “viejo” comprende ciertas cosas suele ser más por haber cometido cien errores que por haber leído mil libros. Experiencia, lo llaman. Seguramente nada es más importante. Y sin embargo nuestra sociedad a veces parece querer negarnos ese don.
Sobre protegemos a los niños hasta que ya no lo son, y aún así seguimos tratándoles como tales, hasta que llegado un momento, les abandonamos. Búscate la vida, encuentra un hueco donde acomodarte, vive como un animal salvaje, aunque sólo seas un pobre cachorro domesticado, que no sabe moverse demasiado bien en esa jungla que es la vida laboral. Y luego nos extrañamos de que, criados entre comodidades, pidan ayuda.

Si nos negamos(o les negamos) el derecho a cometer errores, nos arrebatamos el premio a aprender de los mismos, a madurar, a convertirnos por fin en adultos. Porque ser adultos, en primer lugar, significa asumir responsabilidades. No es tanto una edad física como mental. Otra cosa es hacerte viejo. Son conceptos que a veces se confunden en el tiempo y en el espacio, pero que no son sinónimos.

Hacerte mayor. En esas dos palabras está implícito uno de los cambios más radicales que cualquier persona va a sufrir a lo largo de su vida. Y  va llegando en pequeñas dosis, sin apenas darte cuenta de que está pasando, hasta el día en que, de repente, lo ves.

Hay un momento en la vida en que la perspectiva cambia. No es que dejes de avanzar, pero es como si hubieras terminado de subir una larga cuesta y comenzaras el descenso hacía el final del trayecto.No sólo eso, tienes la sensación de que vas más rápido, que todo va más rápido. Y aunque quieres frenar, no puedes.

Ser mayor es ir mirando cada vez más hacia atrás que hacía adelante, que te des cuenta de que has perdido ya muchas cosas que jamás volverás a recuperar, que sólo permanecen en tus recuerdos, cada vez más difusos.

Vas siendo consciente del aterrador paso del tiempo, de cómo la arena no deja de caer, con un sonido tenue, pero imposible de ignorar, convirtiéndose en la banda sonora, permanente, de tu subconsciente.

No eres viejo, aún, pero ya no eres joven. Ya no eres joven, te repites, mientras comprendes las tremendas implicaciones de eso. Y de que en el camino de la vida, ya no hay marcha atrás.

Y de pronto entiendes que nunca tendrás tiempo para todo. Que de todos esos libros que has ido dejando para después, muchos nunca los leerás. Y ahora recuerdas todas esas ocasiones en la que perdiste el tiempo inútilmente, en todas esas oportunidades de hacer cosas que dejaste pasar, en como desperdiciaste, sin sentido, tu vida. En suma, en como dejaste de vivir, para dejar simplemente pasar la existencia. Pocos delitos tan graves, pocos que tengan implícitos en si mismos tanto castigo. Una especie de suicidio a plazos.

Hacerte mayor es, sobre todo, por encima de todo, darte cuenta de que esa sensación de eternidad que teníamos de jóvenes  era una ilusión, de que somos finitos, mucho más de que lo nunca pensábamos que fuéramos. Vas viendo irse gente, cercanos y lejanos. La muerte ya no es algo que vieras casi como un mito, la ves a tu alrededor, como una vecina incomoda y cercana.

Si uno lo piensa demasiado, es algo terrible. La inexorabilidad de nuestro destino, el final seguro al que todos, tarde o temprano estamos condenados, esa sensación de futilidad de todas nuestras acciones. Por eso no hay que pensar demasiado, o terminaríamos creyendo que la vida no es en realidad otra cosa que una larga carrera hacía la muerte. Que Vivir es ir muriendo.

Igual, por eso, tenemos hijos. Es la forma que tiene la vida de decirnos que aunque nosotros faltemos, algo nuestro seguirá perdurando. Si  nuestro talento no nos permite crear grandes obras que sigan haciendo sonar nuestro nombre en nuestra ausencia, al menos la naturaleza nos concede otra forma de perpetuarnos. No somos nuestros hijos, pero una parte de ellos, somos nosotros. Y hay más, mucho, mucho más…

Volvamos a nuestro pasado. Hasta donde seamos capaces de llegar, a nuestros primeros recuerdos. En mi mente aparecen un atropello, un atlas, una tarde de lluvia gallega, un viaje en el autobús, un recreo. Casi no son ya imágenes, apenas destellos, unos cuantos fotogramas de  cine mudo. La memoria se va, y nunca volverá. De hecho alguna de esas cosas que recuerdas ya no son memoria, sino creaciones de tu propio cerebro. Cada vez es más difícil estar seguro de que fue real y que maquillaje mental.

Pero aunque ya no estén ahí los recuerdos, una cosa permanece. Las sensaciones de descubrimiento.  Nada, ninguna otra cosa que podamos ir extraviando con el tiempo es más dolorosa que la perdida de esa sorpresa, de ese ver, sentir por primera vez algo. 

Todos intentamos agarrarnos a los últimos rescoldos de ese fuego casi extinguido. Basta ver a esos ancianos sumergidos en la nostalgia de esos tiempos en los que eran jóvenes. Y no, en realidad no echan de menos esos tiempos, echan de menos esa edad.

  Por mi parte, si hay algo de lo que estoy orgulloso, por encima de casi cualquier otra cosa, es ver que en mi interior aún sigue ardiendo la llama de la búsqueda. De querer saber más. De perderme en el océano de internet, navegando entre artículo y artículo de la wikipedia, en busca  de nuevos conocimientos.  El día en el que piense que ya se lo suficiente, que no hace falta buscar más allá, ese día, es cuando de verdad estaré muerto. Aunque siga respirando.

 La curiosidad mató al gato, pero a mí me da la vida.

Regresemos al presente. Más allá de esa perpetuación de tus genes, tener un hijo es precisamente como una segunda oportunidad que nos da la vida. De volver a sorprendernos con la magia del descubrimiento.

Porque si, para tu retoño todo es nuevo…exactamente igual que para ti.  Cada nuevo paso que da él es un nuevo paso para ti, y cada día, aparece algo nuevo que anotar. El marcador de recuerdos avanza a un ritmo frenético, con la gratificación de que todos ellos son ahora compartidos.

Es una oportunidad tan enorme, que desaprovecharla no es una opción. Paradójicamente algo que te hace mayor (ser Padre implica una asunción de responsabilidades como casi ninguna otra cosa en el mundo), es a la vez algo que te da nueva vida. Nada es nunca tan simple como parece.

Y ahora, una vez expuestos ciertos temas, vamos de verdad con el meollo de la cuestión.

Lo que no he perdido tampoco con la edad, como podéis comprobar, ni un ápice, es mi facultad de divagar. Uno esperaría que después de tres páginas, párrafo tras párrafo de densa escritura, el autor hubiera comunicado, de algún modo, el sentido de este texto. Y lo hice, pero a mi manera.

Mañana cumplo cuarenta años. Llevo desde hace unos meses con eso en el pensamiento. Viendo acercarse las cifras en el horizonte, cada vez más y más grandes. Se me antojaban una especie de puerta hacía la vejez. Como si cumplir 40 años implicara volverme, de pronto, un anciano. Y por mucho que intentaba no dejar que mi pensamiento se dirigiera en ese sentido, sabía que mi cerebro proseguía con ese hilo, subrepticiamente, allá donde no podía verlo pero si sentirlo. En los últimos tiempos cumplir años era un placer, porque estaba gozando de la vida como nunca antes lo había hecho. No me sentía más viejo, sino más pleno, no se acumulaban los años, sino las experiencias... Pero ahora, de golpe, parece que todo se torcía por un simple número. Nada más que un número.

Menuda gilipollez.

Pero sin embargo, sí que hay un momento este año en el que mi existencia se transformó, para siempre. Y se justo cuando fue.

El dos de enero, a las 21:00, cambio mi vida.

Una hora y media después nacía Marco.

Ese espacio de tiempo, esa eternidad de 90 minutos, es el más terrorífico que he vivido jamás.
Aún me cuesta (y no creo que eso logre superarlo jamás, esa sensación seguirá conmigo, para siempre) volver a recordar a esos momentos sin que mi cuerpo se estremezca. De cómo ir a cenar una pizza se tiñó de rojo, de ese miedo tan salvaje que nos asaltó, de ver como el mundo parecía derrumbarse a nuestro alrededor.  Soy capaz de rebobinar a cámara lenta cada uno de esos instantes, de que en mi mente resuene cada palabra, de resucitar la angustia mortal de cada uno de esos segundos. 
No recuerdo las caras de esos ángeles que vinieron a salvarnos a todos (porque nos salvaron a todos, no sólo a mi hijo y a mi mujer) porque en aquellos momentos hubiera sido incapaz de memorizar cualquier rostro. Eso me jode, me jode muchísimo, porque si alguna vez me los volviera a encontrar sería incapaz de darles las gracias como se merecerían.

Y luego, su marcha, mi soledad momentánea, la soledad más enorme que he sentido nunca. Me recogieron, alguien que siempre está ahí cuando lo necesitas, llegamos al hospital.

Allí, más angustiosa espera, una llamada, y unos minutos de breve respiro, al poder ver qué madre y bebé estaban bien. Pero empiezas a ver caras de preocupación entre el personal, sabes que no te lo quieren decir, pero en sus rostros te lo están diciendo. Algo no va bien.

Y de nuevo, otra vez la espera, mientras en el interior del quirófano se está jugando todo. Y entonces, como durante todo ese tiempo,  te vuelven a asaltar el mismo pensamiento, una especie de pacto con el destino: si tienes que llevarte a alguien, que sea a mí, pero deja que ellos vivan.

Ahora rememoro eso, llorando mientras escribo esto (si, los hombres lloran, y pienso seguir haciéndolo, cada vez que me emocione) y es cuando entiendo que lo de cumplir los cuarenta no es más que una inmensa basura. Que en realidad, desde ese día, todo lo que viva es vivir de más, que volví a nacer, y poca gente puede tener esa inmensa suerte, y sólo me toca dar las gracias por tener esa oportunidad.

Se abre la puerta. Cuando a veces se dice que una imagen vale más que mil palabras, nos quedamos cortos. No recuerdo tampoco el rostro de la enfermera que salió, pero si su sonrisa. Esa cara de “todo fue bien”.  Antes de que dijera nada, pude volver a respirar. Me dijo que ella estaba bien, que tenía que recuperarse de la operación. Y que si quería pasar a ver al niño. La seguí, cojeando, física y mentalmente.

Me dejó sólo, en un pasillo. Por un segundo, pensé que se había equivocado, allí no había nada. Hasta que me giré. Y desde allí, desde la incubadora donde reposaba de su llegada a un nuevo mundo, me dirigieron la mirada más intensa que jamás he recibido. Porque sin realmente mirarme la sentí dentro de mis entrañas. Y empecé a llorar.



Jamás he sido tan feliz como durante ese llanto.

Este año ha sido uno de los más duros que recuerdo. Comenzó de una forma abrupta, y desde ahí parece que decidió continuar esa senda. No ha sido fácil, y estuvo lleno de altibajos, de muchas noches en vela, dudas, cansancio, desencuentros y sufrimientos. Tener un hijo es algo maravilloso, pero infinitamente complicado.

Y sin embargo, es imposible arrepentirse. Semana a semana vas enamorándote de esa criatura que depende de ti, hasta el punto que uno sola de sus sonrisas vale más que cualquier otra cosa que sucediera en el día. Sabes que tu escala de valores ha cambiado, que cosas que creías importantes no lo eran tanto. Eres diferente, de una forma que nunca se podrá entender hasta que le suceda a uno. No es un secreto, pero no se puede explicar. Te has convertido en Padre, y ese es el mayor de los títulos posibles que jamás podrás tener. Al menos en mi caso. No creo que nada de lo que he hecho o vaya a hacer, sea más importante que haber tenido a mi hijo.

Y ahora, cerremos el círculo. Volvamos a aquel (ya tan lejano) párrafo con el que comenzaba esta historia. Ahora han cambiado las tornas, y estamos viendo la escena desde el lado contrario. Un mismo actor, haciendo los dos papeles, con unas cuantas décadas de diferencia. Dicen que el mundo es un gran escenario, pero es inútil que esperemos los aplausos al final de la función. Ya no los escucharemos, cuando suenen.

No, nunca sabremos todo. De hecho, lo más cerca que estaremos jamás de la sabiduría es cuando comprendamos que cuanto más sepamos sobre cualquier tema más dudas tendremos, y menos certezas. Y entender que no se trata tanto de lamentarse por lo que no tuvimos, sino de disfrutar de lo que tenemos.

Mañana se cumplirán cuarenta años desde que nací. Hay partes para olvidar, muchas hojas en blanco, y desde hace un tiempo, un frenético garabateo, en busca de recuperar el tiempo perdido.

También mañana se cumplirá un siglo del nacimiento de Frank Sinatra. Y quiero terminar esto con una canción suya. Esperando poder decir, al final de mis días, lo mismo que canta él, que viví la vida, mejor o peor, pero a mi manera.



Fin

Posdata: Quisiera dedicar esto a una maravillosa persona, @cchurruca, que nos dejó hace unos días, demasiado pronto. Nadie puede vivir por otra persona, pero si intentar aprovechar la vida al máximo, en su homenaje. Eso haremos, te lo prometemos. Buenos días.

lunes, 24 de diciembre de 2012

La navidad contada a los extraterrestres



Si, mañana los humanos celebramos esa cosa...como era...si, esa donde nos reunimos con la familia, incluso con el cuñado pesado ese que no soportas, y por supuesto el Tito Juan que se cree gracioso y se pasa la cena dando por culo. Y nos hinchamos a comer como si no hubiera mañana, y alguien tiene que poner la jodida cinta de villancicos que no hay manera de que se ralle, como todos los años. Y siempre alguno termina medio borracho (casi mejor ser uno mismo, al menos te reirás por fin de los chistes de tu tío...y con suerte, hasta le vomitaras encima). Ah, y por la tele, en todos los canales aparece el mismo tipo diciendo algo de La reina y yo y que le congratula. Y todo lleno de niños gritando y tu pensando que total, en vez de celebrar nacimientos lo que se debería es hacer algún homenaje a Herodes y al inventor de la píldora...Ah, que nostalgia traen estas fechas, sniff...

"De la navidad contada a los extraterrestres", salmo I

miércoles, 12 de diciembre de 2012

35+2



Pocas cosas hay más inútiles en la existencia que medirla en años. Es como juzgar un libro por el número de páginas, en lugar de por su contenido. 

Se puede tirar la vida. Dedicar años y años, metódicamente, casi sin esforzarse, a dejar que el mundo y las cosas pasen alrededor tuya, mientras metido en una burbuja evitas implicarte. No sufres, tampoco amas. Piensas que si no sientes no te dolerá. 
Cierto, porque a un muerto nada le duele. 
 La vida es eso que les pasa a los demás, mientras tú miras desde la ventana, cerrada, de tu torre de marfil. Y así pasa el tiempo, sin objetivo aparente…al menos que consideres que el objetivo es justo ese, que pase. 

Y teniendo en cuenta el inevitable final con el que acaba el juego, pocas cosas pueden ser más estúpidas. Y en realidad lo sabes, pero si lo admitiera tendrías que hacer algo…

La mayor parte de mi vida he considerado que era un desastre completo, que no servía para nada. Demasiados complejos, demasiada cobardía. Si agachas la cabeza una vez, es más fácil agacharla una segunda, y una tercera. Al final creerás que es lo que tienes que hacer, siempre.  Escoger lo menos duro, evitar los retos, dejar que otros resuelvan las dificultades.  Hubiera podido seguir así por siempre, pero… Tuve suerte. 

 Lo primero, nunca culpé a los demás de nada, como intentó no hacer jamás sobre cosa alguna. Si quieres ser libre, no puedes eludir la responsabilidad. Y si quieres ser feliz (que es lo único que merece la pena  buscar en este espera permanente hacia lo inevitable que son nuestros días), quejarte, amargar tu existencia y la de los demás con tonterías son el camino equivocado. 
Antes de quejarte de lo mal que esta el mundo y lo duro que es contigo, plantéate de verdad si es cierto. La mayoría de las veces el problema no es el mundo, eres tú y la mirada equivocada con que lo contemplas. Y luego…

Por un lado, un día, de repente, me di cuenta de que no era un inútil en mi trabajo. Que se me daba bien, que la gente terminaba contenta conmigo, y sobre todo, que me gustaba. Que no estaba haciéndolo solo por tener algo a lo que agarrarme, sino que el trabajo en sí, su resultado, era una satisfacción personal, que por fin, en algo, podía estar orgulloso de mí mismo. Creo que el momento en que esto sucedió, hará unos 4 años, fue uno de los más importantes de mi vida. 

El otro motivo de mi cambio, que me destrozaron el corazón. 

Seguramente, es lo mejor que me ha pasado nunca…

Hace tres años, un 13 de diciembre del 2009, escribía esto:

“Nació con el don de la risa, y la intuición de que el mundo estaba loco…”

Así comienza Scaramouche, en lo que es uno de los mejores principios de la historia de la literatura. De hecho hay muchos libros (y vidas), que no llegan a poseer en todo su extenso (y baldío) contenido una chispa de genialidad semejante.

¿Pero…cuando comienza algo, realmente?

Generalmente las historias que vemos o leemos, se limitan a mostrarnos un periodo limitado de la vida de una persona (o sociedad, o época). Fijémonos en el Quijote. Nos encontramos con un protagonista de edad avanzada, y conocemos sus peripecias a lo largo de un cierto tiempo, muy reducido. Pero todo lo que fue su vida anterior queda definida en unos pocos párrafos.

En cierto sentido, si seguimos el hilo del pensamiento, podríamos decir que no importa lo larga que sea una vida, sino lo que en ella se viva. Que alguien puede tirar quince o veinte años de su existencia, perdido en la inanidad, y luego vivir en seis meses experiencias suficientes como para escribir varios libros (o al menos uno delgado con letras gordas). Y esas vivencias pueden ser hermosas, o terribles, pueden llenar el corazón de gozo, o rasgarlo con cicatrices indelebles. Porque no existe día sin la noche, como no puede existir la alegría sin el dolor.

Pero…el día que de verdad entendemos que es mejor arriesgarse y fallar (ese manoseado “mejor haber amado y perdido, que nunca haber amado” no por repetido menos cierto) que encerrarse en una concha intentado no sufrir (y con ello de paso negándonos el acceso a la felicidad), ese día, seguramente volvemos a nacer. Y tal vez ese nuevo comienzo sea mucho mas verdadero que aquel lejano momento del que nunca podremos acordarnos porque la consciencia de nuestro ser llega siempre con unos años de retraso.

Nunca, nunca, es demasiado tarde para volver a empezar, y a veces es necesario un traspiés, una dolorosa caída, para volver a levantarse y arrancar de nuevo. Lo que nos hizo a los humanos lo que somos fue nuestra facultad de adaptación, nuestro cambio perpetuo. Porque si algo nos caracterizas, es que no somos (y malo del que sí que lo sea), la misma persona a los 20 que a los 30, de que el recorrido vital que hacemos va sumando experiencias, que a modo de ladrillos nos ayudan a seguir construyéndonos continuamente a nosotros mismos. 
Y aunque pensemos que no podemos hacer algo, aunque seamos incapaces de imaginarnos haciendo ciertas cosas, muchas veces nos llevamos la sorpresa, años después, de que tales cosas las hicimos. Y no es que nos convirtiéramos en superhombres, ni magia alguna nos tendió la mano para ayudarnos. Solo nosotros somos capaces de derrotar a nuestro mayor enemigo, nosotros mismos, y el peligroso conformismo que nos atenaza. Nunca digamos “No podemos”, al decirlo plantamos la primera piedra para el desastre.

Y al tiempo, debemos dejar de vivir el pasado (porque no podemos vivir algo que está muerto por definición), y pensar que siempre mañana será otro día, con 24 nuevas horas esperando que las usemos para lo que queramos. Y nadie más que nosotros seremos responsables de nuestros actos y nuestras decisiones, de nuestros fracasos, pero también de nuestros éxitos. Porque esa libertad nuestra que tanto temor causa a casi todo el mundo (si existen los totalitarismos es por el miedo que la gente se tiene entre sí, y en el fondo, a si misma) es lo que nos hace ser una especie de dioses a pequeña escala.

Ayer cumplí 34. En los últimos tiempos, cada cumpleaños era para mí un trago amargo, un paso más hacia el final del camino, un estar más cerca del adiós, un ver como la juventud se me escurría entre los dedos, como los granos de arena de la playa. Y eso, el pensar más en el final que en el recorrido, me impedía disfrutar de todo lo que la vida ofrece.

Ayer sin embargo, estaba contento. He cambiado, me encuentro más vivo que jamás en mi vida, intento superar día a día los miedos que me atenazaban, y arriesgarme donde antes me retiraba, hacer cosas nuevas, descubrir nuevas experiencias. Nada está escrito, y aunque el amargo fruto de la derrota sea más de una vez el único premio que me aguarda, prefiero cosecharlo antes de ser un mero espectador de mi propia existencia.

Si alguien me hubiera dicho tres meses atrás que vería el mundo con estos ojos, le habría tachado de loco. Para mi entonces solo se abría por delante un tenebroso y oscuro túnel sin final. Descubrir que tenia salida, y que tras él el sol brilla más fuerte que nunca, es seguramente lo mejor que me paso jamás.

Nunca rendirse, nunca bajar los brazos, siempre tener esperanzas, pero al tiempo poner el esfuerzo necesario para que esas esperanzas no sean mera quimera. Y si, sin duda, tener suerte, y que los hados sean benignos contigo. Pero una cosa es que la suerte influya, y otra dejar a nuestro destino únicamente en los cambiantes designios de la diosa fortuna.

Me despido de vosotros, deseándoos que mañana sea otro día…que es mucho más de lo que parece….

El año siguiente, un 12 de diciembre del 2010, añadía estas palabras a lo anterior:

Volvemos al presente, 12 de diciembre del 2010.

…Y pasó un año. Y ahora, conduzco, en uno de esos pequeños milagros cotidianos que nada parecen y todo lo son. Y tras un principio de otoño frenético, estrené coche, trabajo, y piso. Me dio tiempo a sentir dolor, alegría, esperanza, desilusión, a estar en una nube y a caerme de ella, a creer que me ahogaba y a respirar al fin, a andar un trozo más del camino…en suma, a vivir. Y ahora, en una especie de truco lingüístico, las palabras se trastocaron, dejé de ser un joven maduro, para pasar a ser un maduro joven…

Releo ahora lo que escribí en mi anterior cumpleaños, y en cierto sentido, y por una vez, me siento orgulloso. Este año cambio mi vida, y en muchos casos sin que por entonces hubiera podido imaginar lo que iba a suceder. He hecho cosas, me he arriesgado, me he atrevido, he cambiado. Y si, algunas veces salió cara, otras surgió la cruz. Pero al menos la moneda giró, estuve en el juego, deje de ser espectador, para protagonizar mi propia historia. Y aunque la sonrisa de mi rostro sea amarga en ocasiones…sigue siendo una sonrisa.

Y ahora, si, volvemos de verdad a la realidad actual.

Y si jamás hubiera podido imaginar entre los 34 y los 35 lo que me iba a suceder, creo que aún más me costaría creer lo pasado en los dos últimos años. 

Y aunque parezca  que buscó, como en una de esas almibaradas películas de amor de sobremesa, darle un toque emocionante al argumento,  fue justo esa fecha en la que escribí lo anterior, justo esa noche, cuando algo comenzó a palpitar en mi interior.

Una  cena entre compañeros. Tras la misma, acudimos a  continuar la fiesta a un antro al cual jamás he vuelto a acudir. Y allí, entre copas y canciones, la vi.

 En realidad, para ser absolutamente sincero, ya la había “visto” antes y ya me gustaba. Pero ese noche, mientras la miraba bailar, disfrutando como una niña con zapatos nuevos, sacando el ritmo que guarda en su cuerpo, siendo libre, como solo lo es cuando se deja arrastrar por la música, en ese momento, supe que tenía que ir a por ella, que si no lo hacía seguiría siendo el hombre más estúpido del  mundo.  
 Y tomé el propósito de intentar conquistarla. A mi modo lento y torpe, pero a mi modo. Sin dejar que nadie me aconsejara ni me dijera como actuar, esto era entre ella y yo, entre esa diosa pelirroja alrededor de cual se movía el mundo aquella noche otoñal y este menudo mortal al que había embrujado.

Y no puedo quejarme. A pesar de que descubres que el amor no es algo a lo que llegar sino que mantener, no una meta, sino un camino. Y que en el resto de los días que te quedan por vivir nunca volverá a haber descanso. Pero de eso se trata, de vivir. 

Y es a lo que pienso dedicarme cada minuto que me resté, con pasión, disfrutar de lo que hago, disfrutar de lo que tengo, disfrutar de lo que aún me queda por aprender. Y que el día que me detenga, que pierda la curiosidad, sea el último. 

Hasta entonces…